El café sabe diferente esta mañana.
Intuyo, sabiendo a ciencia cierta, que se debe a la (im)perfección de lo creado con tus propias manos. Sacudo la cabeza, hemos despertado cursis.
Pero no, la verdad es que no es ninguna tontería.
Ese objeto ha sido mimado con caricias y guarda el eco de las risas compartidas, esas que se divertían cuando no conseguíamos coser sus partes o los pinceles, empapados en engobe, no dibujaban la obra maestra de nuestras expectativas.
Ese objeto ha sido encomendado al fuego con los mejores deseos, «por favor, vuelve a mí», y trae consigo todas las conjugaciones posibles: un retal de tu pasado listo para quedarse en tu presente y acompañarte en el futuro.
A menudo me puede el síndrome de «buscar hasta el más mínimo, imperceptible (y probablemente invisible a ojos ajenos) defecto, tara o deterioro» en todo lo que me rodea, en especial, en mí misma. Y aquí llega mi taza, con un asa únicamente decorativa y unas fresas que juegan, orgullosas, a ser burratachos. Es perfecta en cada hendidura, llena de besos de buenos días.
Y, entonces, el café sabe diferente y la vida, también.
Postdata a pie de página:
• Burratacho(s) no existe en los diccionarios, si le pregunta a la (des)inteligencia artificial habla de gazpacho + burrata. Con burrotacho, hay un poco más de suerte y se inventa definiciones con burro. Mi búsqueda hace escala en un chiquipark de la isla llamado Burotatxos. Eso deriva en burot, en mallorquín, es, entre otras acepciones, «conjunto de retxes inintel•ligibles», o quizás de fresas, garabato, borrón (y palabra nueva).

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