Primavera intermitente.
Caracoles que inician sus pequeños grandes viajes en vertical. Ascienden con la casa a cuestas, como en cualquier mudanza, hasta decorar postes, troncos y verjas. En las alturas se sellan y esperan.

Esperan y confían. Confían en encontrar refugio, ese que el suelo y sus temperaturas pronto dejarán de ofrecerles.
No hibernan, estivan, para superar la sequía mediterránea.

Esperan y confían. Confían en la llegada de la lluvia para volver a la vida. Un gesto de valentía a ciegas. Mezcla de terquedad y esperanza.

Esperan y confían. Confían en que todo es posible hasta que se demuestre lo contrario. Miles de años, por ahora, les siguen dando la razón. ¿Quién soy yo para llevarles la contraria? Adaptación y supervivencia ganando por goleada. Desarrugo la nariz y sacudo el escepticismo. ¿De verdad estarán bien? Sí (y tú también).

Todo se convierte en metáforas estos días, un caracol, una tormenta, un semáforo estropeado. Pero sí, espera y confía. Confía en que estarás bien, con un poco de vértigo y el estómago dando volteretas, pero sabiendo que ese pequeño gran viaje es la única forma de seguir (sobre)viviendo.

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